En una entrevista con Moisés Solorza en No Somos Neutrales, el dirigente social Luis D’Elía trazó un panorama descarnado sobre la crisis argentina bajo el gobierno de Javier Milei. Desde la destrucción industrial en Tierra del Fuego hasta la disputa geopolítica global, pasando por la batalla cultural y la pérdida del proyecto nacional, D’Elía ofrece un diagnóstico que mezcla memoria histórica, alerta soberana y un llamado urgente a la organización social.
Un país que vuelve a tropezar con los mismos fantasmas
La pregunta inicial de Solorza —“¿cómo estás viviendo esta etapa?”— fue apenas un disparador. D’Elía respondió con una sentencia que cayó pesada en el aire:
“Estamos ante un gobierno neoliberal conservador de la peor calaña, enemigo de la humanidad”.
Lo dice citando incluso al magisterio de la Iglesia Católica, como si buscara reforzar la idea de que el modelo mileísta no es solo una plataforma económica sino un proyecto civilizatorio que coloca en el centro a los grandes grupos concentrados y en la periferia al resto del país. “Para ellos el 90% de la sociedad es descartable”, remarca, con la contundencia de quien cree que la Argentina ya recorrió este camino demasiadas veces: en dictadura, con Menem, con De la Rúa, con Macri.
Hoy, afirma, asistimos a su versión más agresiva.
Tierra del Fuego, símbolo de una derrota industrial anunciada
La conversación se ancla luego en el sur profundo. Solorza, fueguino y conocedor de la estructura productiva local, aporta datos que hielan: más de 9.300 empleadores menos, casi 9.500 empleos registrados destruidos, una economía que había sido orgullo industrial convertida en un territorio arrasado.
“Un industricidio”, sintetiza el conductor.
D’Elía no lo desmiente. Lo amplifica: “Lo que se vive allí es un verdadero latrocinio”. Su memoria vuelve cuatro décadas atrás, cuando viajaba a la isla como docente y apenas vivían allí 25.000 o 30.000 personas. Luego llegó la transformación: la ley de promoción industrial, las plantas, la soberanía construida desde la producción y la presencia humana.
Esa arquitectura —económica y geopolítica— es la que hoy, dice, está siendo demolida con precisión quirúrgica.
Un ataque que excede lo económico: soberanía, geopolítica y entregas
Cuando Solorza le pregunta si este desmantelamiento es parte de un plan para debilitar la soberanía argentina en el Atlántico Sur, la respuesta no deja espacio para matices:
“Sí. Tiene que ver con concesiones a los británicos, con concesiones al sionismo israelí. Son cosas que nada tienen que ver con las aspiraciones patrióticas de la Argentina”.
La frase cae pesada en el contexto de un gobierno que ha alineado su política exterior con Washington y Tel Aviv y que mira con simpatía a Londres en el conflicto por Malvinas. Para D’Elía, Milei no representa una ruptura, sino la profundización de un proceso de subordinación.
Todo esto, asegura, no durará demasiado. El enojo social ya se expresó en la abstención “de los 12 millones que no fueron a votar”, un dato que él interpreta como rechazo al modelo neoliberal más que como apatía.
La crisis de legitimidad ya está en curso, afirma.
Un mundo en tensión y un país sin proyecto
La entrevista amplía la escala hacia el tablero internacional. Según D’Elía, vivimos un momento de transición donde se disputan dos polos: los BRICS como bloque emergente y la alianza Estados Unidos–OTAN–Inglaterra–Israel como poder en declive.
“Si me apurás un poco, te digo que ganan los BRICS. Lo que no sé es si es por las buenas o por las malas”, advierte, evocando la sombra de un conflicto global que el mundo no podría soportar.
Y vuelve a la Argentina, donde —sostiene— la oposición carece hoy de un proyecto capaz de enamorar, de convocar, de ofrecer futuro. “Hay que volver a un proyecto nacional, popular, democrático, industrialista”, enumera, como quien despliega un viejo manual olvidado en la mesa de luz de la política argentina.
Una protesta dentro de un santuario: la resistencia como liturgia
Sin que Solorza lo pidiera, D’Elía suelta una primicia: junto a los salesianos —con fuerte presencia en Patagonia y Tierra del Fuego— prepara una acción inédita.
El 15, 16 y 17 de diciembre, anuncia, realizarán una ocupación del Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, en La Matanza, uno de los templos más grandes y emblemáticos del país. Allí confluirán, en una protesta de tres días:
- Jubilados
- Trabajadores
- Pobres.
- Personal del Hospital Garrahan
- Organizaciones sociales
Una demostración de fuerza que el propio D’Elía define como novedosa: “No pueden judicializarlo ni reprimirlo porque es dentro de un santuario”. Será, dice, un espacio de denuncia contra la usura, la represión y la judicialización de la protesta social.
La batalla por las cabezas: bots, narrativa y disputa generacional
La última parte de la conversación se centra en los jóvenes. Aquellos que crecieron en la crisis, que votan a Milei aunque pierdan el trabajo, la universidad o el horizonte. ¿Cómo disputar ese sentido común?
“Hay que disputar la cabeza de los pibes”, asegura. La guerra cultural no se da únicamente en los discursos públicos sino en las redes, donde —reconoce— la derecha opera con trolls y bots. “Si ellos tienen granjas, nosotros también tenemos que tener las nuestras”, insiste, reclamando una ingeniería comunicacional que permita equilibrar el terreno.
Porque, afirma con vehemencia:
“Si se pierde el debate cultural, se pierde el debate político”.
La despedida: un abrazo al sur como metáfora del país
La entrevista culmina con un saludo a la distancia. D’Elía envía un “abrazo grande” a Tierra del Fuego, a esa isla que vio nacer industrialmente y que hoy observa en riesgo. No es solo un gesto afectivo: es la reafirmación de un territorio que sintetiza la disputa por la Argentina que viene.
Porque, en su lectura, Tierra del Fuego no es el margen: es el frente de batalla donde se define soberanía, trabajo y proyecto nacional.