Un discurso de furia, sin calle, sin proyecto y con un vacío político que ya no se puede tapar.
El discurso de Javier Milei en la apertura de sesiones dejó una imagen que ningún gobierno quiere ver: un Presidente gritando adentro y un país ausente afuera. Mientras en el recinto buscaba volumen a fuerza de insultos, provocaciones y choques calculados, las calles del Congreso estaban desiertas. Ni militancia, ni banderas, ni épica libertaria. Solo un operativo policial sobredimensionado custodiando la nada. Ese contraste —la furia adentro y el silencio afuera— fue el verdadero mensaje político de la noche.
Durante una hora y cuarenta minutos, Milei eligió la confrontación como único eje. No hubo anuncios concretos, ni proyectos de ley, ni una hoja de ruta para un país que atraviesa su crisis social más profunda en décadas. Hubo, en cambio, un repertorio de enemigos: Cristina Kirchner, los industriales afectados por su propia política económica, los legisladores opositores y cualquiera que cuestione el ajuste. Cada interrupción para pelear con el kirchnerismo pareció parte de un guion: el Presidente necesitaba conflicto porque no tenía gestión para mostrar.
El punto más delicado fue su afirmación de que la pobreza bajó. Informes independientes —citados en la cobertura que compartiste— señalan que la metodología oficial “oculta a más de un millón de pobres”. La distancia entre el relato presidencial y la realidad social quedó expuesta sin anestesia.
Tampoco faltaron los ataques a empresarios como Paolo Rocca o Javier Madanes Quintanilla, presentados como símbolos del “viejo régimen”. Pero más allá de los nombres propios, el problema fue otro: el reformismo declamado no vino acompañado de un solo detalle concreto. Todo quedó en slogans.
La postal final fue la más elocuente: el auto presidencial avanzando sin detenerse, sin saludos, sin gente. Un Presidente que grita fuerte en el recinto, pero que afuera no encuentra a nadie que lo escuche.
Fuente: Radio Mas 104.9 Multimedia